Algo bastante habitual es desear que el niño que una vez habitó en nosotros vuelva, que no haya desaparecido del todo, y que se traiga consigo esa forma de mirar el mundo tan especial. Abrumados por las responsabilidades desearíamos ser niños otra vez y preocuparnos tan solo del bocadillo de la merienda o de a qué hora pasan nuestra serie favorita. Nuestra capacidad de sorpresa sería ilimitada de nuevo y nuestro espíritu correría ajeno a cuestiones importantes que no nos importarían. Palabras que carecerían de sentido como nómina, alquiler o domiciliación no nos enturbiarían el sueño. El concepto del tiempo se estiraría y los veranos serían de nuevo eternos. No podríamos llegar tarde porque no habríamos quedado a ninguna hora. Habría una serie de gente, de la mayor confianza, que se ocuparía de esas cosas cotidianas, aburridas y farragosas, mientras nosotros nos dedicaríamos a lo realmente importante, a conquistar castillos y salvar princesas. Esa gente se ocuparía de colmar nuestras necesidades y se preocuparía de que no nos faltara de nada, y si nos faltase, se ocuparía de preocuparse por ello.
Pero cuidado con lo que deseas. Ese niño traería consigo más cosas de las que recordamos. La falta de responsabilidad implica falta de decisión. No es tuya nunca la última palabra. Esa gente que goza de tu mayor confianza, tus padres, tienen que decidir por ti tu destino mientras tu salvas castillos y conquistas princesas. Tú, como en tu cándida inocencia no sabes lo que significa la palabra alquiler, tampoco sabes lo que significa “tener tu espacio” ni “que nadie te diga cómo hacer las cosas”. Y como no tienes nómina ni domiciliaciones el único dinero que manejas son las monedas de chocolate.
Maldito niño.
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