En un sitio no muy lejano existe un país imaginario. Es un país a simple vista idéntico al nuestro, con sus edificios, sus calles, su gente yendo a sus quehaceres, todo normal. Pero lo que hace especial a este lugar son sus leyes físicas. Sus leyes físicas son diferentes. La gravedad es mucho más grave, por ejemplo. Si sueltas una bola de hierro desde la torre de Pisa de ese país imaginario, cae como te esperas que caiga, pero su repercusión es mucho mayor, y la bola de hierro mucho más frágil, se rompe en mil pedazos. Las consecuencias parecen ser mayores en ese país. También las distancias entre los objetos simulan ser las mismas, pero una ley física de este país dice que la distancia más corta entre dos puntos es el zigzag. Intentas ir de un punto a otro y la línea recta, además de pretenciosa, resulta muy complicada de realizar. Esto hace que el país aparezca a nuestros ojos como un lugar muy confuso. La ley de la relatividad, sin ir más lejos, es muy relativa. A veces se da y a veces no, y todo depende del azar, o al menos eso parece. También hay leyes que cambian su nombre. Así, la ley del equilibrio de aquí pasa a ser la ley del desequilibrio allí, y todas las cosas tienen un ligero balanceo mecidas por el ojo del observador, como si camináramos por la cubierta de un barco en una tormenta. Aquí, actúan una serie de fuerzas sobre ti de igual intensidad todas ellas que hacen que te mantengas firme, como si te empujaran de todo tu alrededor por igual. En cambio allí, las fuerzas son muy variables, actúan caprichosamente, una veces todas de un lado, otras de otro, como si te empujara el hombre invisible en un vagón de metro. Por eso es un país en el que hay que estar siempre muy atento y no bajar nunca la guardia. Aunque no es fácil. Uno de los mayores avisos de alarma, el sonido, se propaga por el aire como por un laberinto invisible y que oigas algo no depende de lo cerca que estés de la fuente emisora, si no de tu posición dentro del laberinto. Es, en definitiva, un país muy extraño. Si te quedas quieto, muy quieto, no notas ninguna diferencia. Pero si haces un ligero movimiento, un movimiento pequeño, insignificante, si te pica la nariz y piensas en mover el brazo para rascarte, sólo el movimiento de tus neuronas hará que ese país imaginario te atrape en su red. Porque su mayor característica, su mayor diferencia, es que no eres tú el que se desplaza a ese país, es ese país el que se mueve hacia ti.
1 comentario:
Con mucho, lo peor de ese país es que de nada sirven las guías de viaje para orientarte ni sus planos salpicados de orientaciones y detalles. Tampoco los portales de internet donde los viajeros desgranan sus experiencias, cuelgan sus fotos y alaban o maldicen la comida en aquel restaurante recomendado. Qué decir de las ofertas de última hora en vuelos donde nos hurtan los cacahuetes, el periódico y conocemos más sus aeropuertos que las calles donde nos dirigimos. El país del que hablas sólo lo conoce quien ha pisado sus caminos y sabe cómo resuenan sus pasos en ese tierra polvorienta, ése país es inaccesible para quienes no sabemos del olor de sus mañanas ni del color de sus colinas. ¿Puedo imaginarlo? Un poco, sí, pero no es lo mismo. Cualquier palabra pronunciada es como si masticásemos tierra. Desde esta banqueta en que (te) leo cómo las leyes de la gravedad, los principios de Arquímedes o las leyes del sonido en los diferentes medios se tuercen en tu país...sólo me queda esperar al cumplimiento de otras leyes nunca formuladas ni aprendidas: la del tiempo que devuelve el sol, redondo y amarillo, a las colinas que dibujábamos de niños y desde las que bajaba un arroyo, por supuesto serpenteante, con puente, cerca de una casa con árboles. Estoy seguro que formará parte de tu país, no imaginario, real.
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